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La innovación en la enseñanza de la filosofía puede parecer un tema espinoso. En cuestiones tan circunspectas como las que la filosofía aborda, podría parecer que dejamos de lado la seriedad de nuestro quehacer si optamos por formas de enseñanza que dinamicen la clase y consigan alcanzar la atención de los alumnos.
Sin embargo, una traducción no es la única forma de acercar la filosofía a la enseñanza. Dentro del margen que un profesor tiene a la hora de enseñar los contenidos de filosofía, podemos encontrar una inmensa variedad de recursos didácticos que permiten que los adolescentes encuentren la filosofía en sus inquietudes. Aún así, la innovación no es cuestión de usar más o menos recursos, sino de incorporar nuevas actividades y tratar de abrir caminos que no han sido transitados: se trata de mejorar. Para ello es fundamental ser original, pero también eficaz.
Me parece de vital importancia tratar de mejorar la forma en la que enseñamos y transmitimos conocimiento. Además resulta evidente la necesidad actual de que las formas de didáctica se actualicen con el paso de la historia y no pierdan su capacidad de llegar al alumno. Por ello creo que la innovación es algo que debe exigirse de todo profesor, pues no conseguiremos avanzar si el profesor deja de ser, en cierto modo, alumno. Lo que es lo mismo: un profesor no debe cesar en su investigación y su afán por intentar mejorar su praxis. Debe guiarse por un todavía-no al modo heideggeriano: aún no conoce la mejor forma en que sus saberes puedan ser transmitidos, pero puede mantener ese impensado como su meta y su única forma de alcanzar de hecho su mejor versión como profesor.
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